miércoles, 15 de febrero de 2012

Comienzo Alternativo: Tierra (III)

Última entrega del relato recuperado desde el baúl de los recuerdos. Espero completar con el mismo la colocación de la primera piedra para nuevas vías de expresión en este, su, blog, buscando un acercamiento a otras temáticas e inquietudes si el tiempo y las ganas lo permiten.

TIERRA (III) de Ignacio Garrido Muñoz

El resultado del Día Cero no solo acabó con la destrucción de la tecnología. Ese hecho aislado quizás hubiese animado al hombre a comenzar de nuevo unido ahora por un espíritu más sencillo y mucho menos ambicioso pero abocado a cometer errores similares más adelante. El resultado del choque de los escudos cerca del centro de la tierra aumentó la temperatura interna de todo el planeta y cambió sensiblemente la órbita del mismo, algo que se tardaría muchos años en descubrir y que en realidad jamás se llegó a entender del todo. Pasados más de trescientos años desde el agotamiento de los recursos naturales hasta que llegó el Día Cero, la tierra comenzó a cambiar entonces. El calentamiento interno añadido a una órbita más lejana al sol, haría desaparecer totalmente los polos ya de por sí absolutamente mermados durante el transcurso de los años y modificaría su gravedad. El calor convertiría las regiones más altas y centrales de la tierra en zonas desérticas difícilmente habitables, pero las regiones nórdicas suavizarían su clima y permitirían la creación de enormes valles semisumergidos bajo el agua que en poco tiempo proporcionarían la creación de nueva vida. Con el derretimiento de todo el hielo existente la denominación de Planeta Azul cobró un nuevo significado para los habitantes de la tierra que se repartían por todo el planeta, más del noventa y dos por ciento de la superficie terrestre acabaría cubierto por el agua. Solo unas docenas de ciudades no quedaron sumergidas, eran pequeñas y sus antiguas estructuras apenas podían albergar las necesidades de sus nuevos habitantes. Algunas de esas ciudades pertenecían a antiguos países protegidos y otras a países pobres, pero al cabo pocos años ya no se hacían distinciones.

La gravedad también sufrió alteraciones que tardarían más en hacerse patentes. Pero el regalo que surgió del único y gran océano que se formó con el deshielo total fue lo que haría hacer cambiar al hombre definitivamente, lo que se nos envió como última ayuda y como símbolo de perdón absoluto pese a lo que habíamos hecho. Algunos que aun recordaban algo de los antiguos mitos, leyendas y religiones hablaron de Dios y Buda. No tuvo nada que ver con todo aquello, tan solo fue un regalo. El regalo que hizo del mundo y del hombre el lugar del que hablé al principio, un mundo en el que el hombre forma igual parte del agua que del aire y la tierra, en el que la vida es una simbiosis entre las especies que pueblan el planeta, las personas se ayudan y prosperan por el bien del otro no por el propio. Nadie sabe de donde vinieron, pero la Zona Muerta es el primer lugar del que se tiene constancia de su aparición. Allí se suponía morirían en pocas generaciones los que habían decidido acabar allí su vida. No fue así. Los nuevos habitantes de esa zona por ser extranjeros no veían restringido su ciclo vital como el de todos los antiguos seres vivos de aquel lugar, pero la tierra seguía inane, por lo que el agotamiento de los recursos que llevaron consigo los supervivientes sería la causa de su muerte. En una playa muy lejana al poblado que tardó más de veinte años en descubrirse, se descubrió vida vegetal. La tierra muerta debía de ser incapaz de regenerarse y en ningún otro rincón de aquel continente la había hecho, pero en aquella playa apareció una variante de una antigua palmera, rodeada de algas y otros vegetales. Habían pasado más de cien años desde la explosión que acabó con la vida allí y aquellos vegetales tendrían al menos varios años. En sus embarcaciones los suministros apenas alcanzarían para diez años más en el momento de encontrar la esfera.

Tras muchas deliberaciones se trasladó el poblado hasta allí, la vida en el mar cercana a esa playa parecía existir y seguir un ciclo vital autónomo. Las nuevas algas submarinas, se descubrió recubrían arrecifes de coral que se daban por desaparecidos décadas atrás. Bajo el agua la vida se abría camino mucho más aprisa que en la tierra. Los primeros niños nacidos en el poblado de la palmera nadaban como peces y aguantaban bajo la superficie un tiempo inaudito sin salir a tomar aire. La evolución era algo impensable con solo una generación, de no ser causado todo ello por alguna radiación o efecto secundario de la explosión de pulso vital. Asimismo estos mismos niños saltaban a gran altura y desafiaban la gravedad sin proponérselo. Algo que muchos de los veteranos pobladores con más de cien años y todavía vivos comenzaban a preguntarse no les habría afectado dándoles vigor y longevidad. Todos los pobladores de esa región decidieron cambiar el nombre de Zona Muerta por el de Fénix, en feliz alusión literaria mitológica. Al cabo de unos años se descubrió el origen de la vida en la isla.

Uno de los más jóvenes nadadores alcanzó una cueva submarina que debía situarse bajo la playa. Allí encontró una esfera iridiscente, del tamaño de un puño que llevó a la superficie. Días más tarde alrededor del poblado la vegetación comenzó a aparecer de forma incipiente y la tierra de los alrededores comenzó a cambiar de color. La esfera era el origen de la vida en aquella zona. Se decidió llevarla hacia el interior y recorrer toda la zona desértica del continente con las suficientes provisiones, pese a que algunos dudaban ante la idea de no tenerla cerca. Dos años más tarde tras recorrer toda la zona de costa a costa, el grupo de exploradores regresó con la certeza de no haber encontrado ninguna otra esfera en su viaje ni zona poblada por cualquier tipo de organismo. Su sorpresa fue enorme al descubrir que un nuevo grupo había salido pocos meses antes de ellos regresar para realizar el mismo camino que ellos habían tomado y que había creado a su paso un río de vida. En el recorrido que siguieron los primeros exploradores había florecido en vegetales, plantas y yacimientos de agua a pocos metros de la superficie incluso en las zonas menos frondosas de vegetación. La esfera creaba exuberancia a su paso. Incluso los reticentes a dejarla viajar no notaron la ausencia de vitalidad en sus cuerpos y ya todos buceaban a gran profundidad y durante mucho tiempo sin necesidad de aire, aunque los más jóvenes nacidos allí seguían teniendo más facilidad para ello.
Se decidió enviar la esfera a los otros tres continentes que aun asomaban sobre el gran océano. Habían pasado más de tres años desde su descubrimiento. Durante los dos siguientes años se recorrió el continente situado más al sur en el globo, por ser el más cercano a Fénix, antigua Zona Muerta, pero pese a ser éste más grande, la esfera no completó el recorrido que tenía previsto. Fue a principios del tercer año en el que el continente se recorría a cada rincón, seguida la esfera por un ocasional séquito de asombrados seguidores de ese curioso germen de existencia cuando el viaje cesó. Otra esfera apareció en un lago del interior. De nuevo se recordaron ciertos pasajes de la Biblia que hablaban de apóstoles siguiendo a Dios mientras obraba sus milagros, pero fue una idea que no llegó a adquirir peso ni consistencia entre las gentes que en otro tiempo hubiesen intentado estudiar la esfera, averiguar su origen, incluso tratar de abrirla o destruirla en un acto de torpeza inigualable. La gente había cambiado, el hombre ya no era el mismo.

Las noticias navegaron al cuarto continente al que se le prometió visitar con la segunda esfera en breve. Así se completaría el ciclo llevando ambas a las cuatro últimas zonas pobladas por el ser humano. Ni siquiera hizo falta. Al desembarcar la primera esfera en el tercer continente, se descubría en un río del otro extremo de las montañas que lo separaban una tercera. Dos meses más tarde en el cuarto continente apareció la cuarta y última antes de que la segunda llegase. La búsqueda de las mismas en los dos continentes que sabían de la existencia de las dos primeras unió y dio más esperanzas a los supervivientes de aquel enfrentamiento de siglos, de lo que nada había hecho por el hombre jamás.

Las Cuatro Lágrimas de la Tierra, así es como se llamaron a las esferas. Diez años más tarde de la aparición de la primera esfera, los cuatro continentes poblados por los antiguos habitantes de los países pobres y protegidos estaban sembrados de vida por las cuatro esferas. Una vida distinta, más fuerte, más hermosa. Se decidió devolverlas al océano de donde venían. Quizás el choque de los escudos abrió el núcleo de la tierra y se creó un camino hasta el fondo del mar por el que la esferas ascendieron hasta alcanzar los continentes. Quizás fuesen parte de algo que los hombres no estaban preparados para conocer aun siquiera después de aceptar su regalo. Se arrojaron al agua cerca de cada continente. Un acto de madurez por parte del hombre difícilmente comprensible en otro tiempo. Varias generaciones más tarde los hombres viven en un mundo verde y azul, nadan como peces, desafían la gravedad, trabajan bajo el agua, viven cientos de años, sienten la vida ajena como la propia. Los edificios se alzan nobles como los abetos a su misma altura, cubiertos del verdor de las enredaderas que viven en los techos de sus casas y por la calidez de las algas que se enroscan en las paredes de sus lugares de trabajo. Los hombres como sus ciudades y su propia vida surgen de la naturaleza y forman parte de ella. La simbiosis con el medio natural es la vida en el mundo que he visto. Que el regalo perdure es mi deseo.

lunes, 13 de febrero de 2012

Comienzo Alternativo: Tierra (II)

Segunda parte del relato recuperado de los abismos del olvido universitario que tengo a bien enseñarles aquí. No lo dije antes, pero iba implícito en la presentación del post; bienvenidas críticas y correcciones de estilo. No me son ajenas las referencias futuristas (pues con ellas en mente lo escribí), asi que si las aprecian con notoriedad no dejen de apuntármelas para poder aplicar ejercicio de memoria.

TIERRA (II) de Ignacio Garrido Muñoz

Los efectos de este arma fueron más devastadores de lo que se imaginó inicialmente. Murió todo tipo de vida, hasta los microorganismos y las bacterias. Solo en las costas, donde el efecto de la explosión llegó de forma secundaria, sobrevivieron varias generaciones de hombres, animales y plantas. No obstante y para su desgracia el empleo de dicha arma tuvo unas nefastas consecuencias sobre todos ellos. El ciclo vital de todos los seres vivos se redujo brutal y gradualmente a cada nueva generación. En las últimas, una planta común apenas vivía y desarrollaba su ciclo vital en pocas semanas. Siguiendo este ritmo de desarrollo toda la vida de la zona desapareció casi por completo en apenas cien años. La tierra quedo yerma, las rocas, las montañas y la arena se convirtieron en los únicos pobladores de un mundo cubierto de aire vacío. Al lugar resultante se la declaró la Zona Muerta, aunque algunos de forma menos poética la llamaban Tierra 2, para intentar quizá con el mismo nombre alejar esa barbarie de la conciencia física de pertenecer a una especie capaz de hacerse eso entre ellos y a su propio planeta.

Los otros tres países ante la opción de acabar como la Zona Muerta, decidieron mantener los escudos. Estos al cabo de los cien años, habían comenzado a penetrar en la corteza terrestre de forma mas profunda a la que se habían diseñado. En principio una profundidad estudiada como factible para repeler la creación de un túnel o de un posible intento de entrada subterránea acabó por ser excesiva a la hora de mantener el control y estudio de la propia barrera. A más profundidad se daban mayores dificultades de control de la absorción de energía, pero el gasto se mantuvo durante años sin problemas que hicieran sospechar nada malo. La fluctuación de la profundidad de la barrera fue durante los primeros cincuenta años prácticamente inexistente, quizás centímetros. Unas décadas más tarde la precisión de las mediciones no diferenciaba entre los datos de varios centímetros de años atrás y los metros que fluctuaban los escudos en esos momentos. Inicialmente la evolución y crecimiento de estos datos se dió como un imponderable, pese a las reticencias de su creador a no hacer caso omiso a una futura evolución y seguimiento de los mismos. Ni siquiera él llegó a imaginar jamás lo que ocurriría.

Tras ciento cuarenta años desde ese punto, la profundidad de los escudos aumentaba diariamente varios metros y con ello el gasto energético sufría una escalada dramática, pero cuando se decidió abrir una investigación profunda sobre el problema nadie supo en realidad que hacer al respecto. Lo único que se averiguó con la suficiente certeza es que de reducir la creciente exigencia energética de las barreras, se enfrentarían ante la posibilidad casi segura de que éstas no se mantuviesen de forma efectiva y de averiguar eso en el exterior podrían encontrar una forma de entrar finalmente. Fuera de los países protegidos, los intentos por penetrar los escudos no se daban por imposibles aun con el paso de los años, pero sí había descendido el interés por atravesarlos como única forma de intentar convencer a los países protegidos de compartir sus recursos. Las negociaciones habían cobrado más importancia, aunque era la supervivencia lo que realmente primaba. Pese a todo, ocasionalmente algún grupo de libertadores atentaba contra los escudos, con explosivos de neutrones no reactivos o similares armas no dañinas para con la tierra o la atmósfera. El recuerdo de la Zona Muerta viviría entre los hombres para el resto de sus días. Este decreciente interés en el mantenimiento de una negociación hostil por parte de los países pobres desde las fronteras sería un motivo secundario pero que influiría en parte en la destrucción de los escudos. Un ataque en toda regla a los escudos podía suponer un filón de energía para mantener los mismos de forma autónoma durante varios días, incluso semanas.

Se produciría en el país situado más al norte, uno de los intentos más destacados de ataque sobre los escudos a principios del 2200. Recordar este hecho dará pie para entender de forma más profunda las implicaciones de los ataques como posible medio para haber cambiado el curso de la historia de la humanidad, algo que nunca llegaría a suceder. Sería en la colonia C-3 de la antigua región de Carolina, situada en la frontera de Nueva América, en su región más oriental. Cerca del escudo de esa zona se asentaba una de las grandes megalópolis del país y en ella una de las grandes plantas de energía para el mantenimiento de los escudos de toda la zona sur del país. Era de conocimiento popular no solo para los pobladores de la colonia que en esa ciudad se amasaba al menos un diez por ciento de la riqueza íntegra de Nueva América. Tal era la extensión de la ciudad, que aun hoy cuando algún joven decide recorrerla desde su extremo oriental hasta el más occidental, puede llegar alrededor de medio día siendo incluso un formidable nadador. Casi doscientos kilómetros sería su diámetro en la época de máxima expansión. Tras el pacto y unión con las zonas más prosperas del sur de la antigua Canadá, los viejos Estados Unidos expulsarían de su unificación interna en base a la reformada constitución del 2096 a todas las regiones menos afortunadas del sur, apropiándose de forma supuestamente justificada y amparándose en los nuevos estatutos, casi todos los recursos amasados en las capitales de esas regiones que quedarían sumidas en la ruina con el implantamiento posterior de los escudos. El atentado se perpetraría de forma calculada por los primeros libertadores de la unión de las cuatro colonias C. No funcionó.

Al cabo de los ciento cincuenta años, los escudos comenzaron a aumentar su exigencia energética de forma desmesurada. Varios metros por día crecían sin visos de detenerse. La decisión de mantenerlos se mantuvo. En las tres décadas siguientes el gasto que energía dedicado a mantener las barreras igualó al empleado en el mantenimiento de su primer siglo y medio. Los recursos comenzaron a descender dentro de los países protegidos, pero se podían afrontar optimizando los gastos y desviando la energía de las fuentes secundarias. Varias generaciones más tarde, los escudos eran la dedicación de casi el total de la población interna mientras en el exterior se seguía luchando con menos gente y más fuerza por el reparto de unos bienes que seguramente de saber su poca existencia y rápido descenso dejarían de interesar a cualquiera. El fin de la civilización de los países poderosos frente a los países pobres y su civilización de subsistencia tocaba a su fin. El resultado del encontronazo entre ambos intereses sería algo que se esperaba desde hacía años, pero nadie se atrevía a describir, ni siquiera a imaginar.

El primer país en dejar caer sus defensas, situado más al norte, sufrió lo que se podía definir como una venganza atrasada de las generaciones que habían muerto en las fronteras esperando un pacto que nunca llegó. Los escudos se desconectaron al borde del agotamiento energético y los supervivientes asaltaron las ciudades en busca de un mítico botín que jamás encontrarían. La respuesta fue salvaje, el ajusticiamiento de los líderes en público, el asesinato, el robo y el saqueo acabó con toda la decencia que les quedaba a los supervivientes que lucharon con sus propias manos por defender sus vidas. Las armas de poco sirvieron ante la crueldad que se mostraba sin ellas. Las noticias de esta caída forzó un intento de pacto en los restantes países, pero fue un vacuo intento que tras cientos de años y generaciones enfrentadas fracasó estrepitosamente con un atentado en una de las capitales del país más sureño. Uno de los negociadores del exterior ocultó un arma con la que amenazó hacer volar la planta energética principal del escudo perteneciente a la región más próxima a su poblado. Su vida acabó junto con las de casi doscientas personas más y con los planes de negociación de ambos países. Tras tanto tiempo, ya no había esperanza para la relación amistosa entre los pueblos supervivientes. Solo perduraría el más fuerte. Se decidió mantener los escudos a cualquier precio y con ello entrar en el periodo final de desgaste del interior de los países. Fue ésta decisión la que acabaría por destruir el espíritu de esas últimas generaciones de hombres del siglo XX.

Las barreras atravesaban prácticamente el interior de la corteza terrestre hasta el centro del planeta. Nadie jamás imaginó que el choque de las mismas pudiese provocar algo más grave que el propio enfrentamiento de todos los supervivientes. Fue mucho peor. El Día Cero, es como se dió a llamar a aquel instante de tiempo en el que ambos países agotaron sus recursos mientras permanecían enfrentados a los supervivientes del exterior. De haber aumentado los escudos a menor velocidad la energía se habría agotado tan solo medio año después y le historia habría sido distinta, pero no se desconectaron las barreras, chocaron. La energía que fluía por ellas entró en un bucle de absorción interna y el resultado fue un colapso total de cualquier pulso energético generado de forma artificial. Una variante infinitamente más invasiva y duradera del conocido pulso electromagnético que tanto asustó a la tierra a finales del 2012 en forma de broma pesada solar de ecos mayas. Toda la tecnología se destruyó. Cualquier sistema digital, eléctrico o electrónico se fundió de forma inmediata y en un chasquido de dedos, el hombre volvió a sus orígenes. Los poblados-ciudadelas situados en las fronteras de los países protegidos y cercanos a sus antiguos escudos habían desarrollado pese a la precariedad de la supervivencia cierta tecnología, y en el interior el desarrollo de la cultura y los avances del ser humano aunque muy limitados no habían desaparecido por completo. En el Día Cero lo hicieron. La memoria individual y colectiva de los ordenadores se volatilizó, las redes y bancos de comunicación y almacenaje de datos, conocimientos, memoria, sabiduría humana se perdieron. Solo los datos escritos cientos de años antes, que ya se consideraban reliquias, perduraron. Todos los sistemas cifrados, encriptados y perfectamente diseñados para la imposibilidad total de pérdida de toda esa información no sirvieron de nada. Todas las ideas y avances del hombre en los últimos cientos de años simplemente desaparecieron. La oscuridad devoró la faz de la tierra. Alguien se atrevió a llamar al resultado de dicha desgracia Tierra 3.

Pese al resultado del choque de los escudos los supervivientes del exterior entraron en la ciudades como habían hecho en el país del norte sus semejantes, pero sin violencia, sin expectativas, sin esperanzas. Si los escudos habían caído y la tecnología desaparecido, poco quedaría dentro de interés. Los habitantes del interior a su vez decidieron salir y algunos incluso se aventuraron dando por perdidas sus vidas a navegar a vela hasta la Zona Muerta e intentar acabar allí sus días como acto simbólico final de una expiación para todos sus actos egoístas. Fueron acompañados por algunos de los supervivientes del exterior. Con la destrucción de todo lo que había conseguido el hombre, se consiguió al fin unir al propio hombre, pese a que el tiempo que les quedaba se daba prácticamente por perdido, pues una vez en la Zona Muerta sobrevivirían pocas generaciones sino ninguna, o eso pensaban.

sábado, 11 de febrero de 2012

Comienzo Alternativo: Tierra (I)

Hoy comienzo la recuperación de un relato (en tres partes) con el que participé durante mi estancia en la UAM en un concurso literario. No gané, de hecho ni me acerqué, pero no está tan mal como uno espera encontrar ciertas cosas con el paso del tiempo. He intentado modificarlo lo menos posible.

TIERRA (I) de Ignacio Garrido Muñoz

He visto un mundo en el que hombres y árboles se comunican, hablan entre sí. Un mundo en el que desde la entrada de tu casa puedes nadar hasta tu trabajo y jugar con tus hijos entre algas ramificadas y helechos polimorfos que te acarician los pies mientras contemplas un valle verde y frondoso de enormes abetos subacuáticos y bloques de edificios que nacen bajo el agua. No lo he visto porque lo haya imaginado en mis sueños, lo he visto porque ella me lo ha mostrado, porque es un deseo que no puede llegar a no cumplirse, porque la alternativa a ese mundo es la desolación de otro cubierto por frías aguas contaminadas, pobladas de bacterias y organismos microscópicos que se devoran los unos a los otros mutando y adaptándose cada nueva generación a más oscuridad y menos calor.

El mundo que nos aguarda comenzará dentro de unos cuatrocientos años y llegará a ser el mundo que os describo doscientos años más tarde. Cuando los recursos naturales generadores de la codicia del siglo XX y del siglo XXI, se agoten definitivamente a finales del 2095, el hombre luchará entre sí por las fortunas amasadas en los cuatro países más ricos del planeta, que sumarán casi el total de la riqueza mundial. Los acontecimientos se desarrollaran de forma trágica pese al pacto de desarme y eliminación nuclear de mitad del siglo XXI, empleando para defender sus respectivos intereses tres de esos cuatro países las armas de absorción de energía, en principio calculadas como medio de contención a las enormes migraciones humanas de los países pobres hacia los ricos, creando escudos de fuerza no violenta en las fronteras. Irónicamente estas armas y su uso continuado acabarían necesitando de tal cantidad de energía que las tres grandes potencias que las usaron redujeron sus recursos hasta agotarlos dándose cuenta demasiado tarde de las consecuencias de su decisión.

Las masas de población de los países pobres acamparon en las fronteras de los países ricos sin poder entrar, muriendo durante varias generaciones y descendiendo de forma exponencial el número de supervivientes de cada nueva generación. Algo similar ocurriría en el interior de los países ricos, aunque los propios gobiernos impedían que este hecho se difundiese fuera de las fronteras. En el interior las familias al principio estaban limitadas a tener un solo descendiente, pero esto cambiaría con el tiempo, siendo el sorteo genético entre los más afortunados el que decidiría quienes verían el siguiente e incierto paso de la existencia del hombre en la tierra, además de cargar con la responsabilidad de decidir que hacer con los nuevos problemas que les aguardaban y que sin duda aumentarían durante sus vidas. Tan solo uno de cada setecientos cincuenta sobreviviría en el interior de los países afortunados con cada nueva generación. Tan solo uno de cada noventa mil sobreviviría fuera.

Los escudos eran comparables a unas grandes redes de energía electromagnética que repelían cualquier intento de ser atravesados o destruidos. Como un gran electroimán que rechazaba no solo las partículas cargadas con el polo contrario, sino todo lo que se le aproximase. Tocarlos no dolía, era como lanzarse contra la pared de un castillo de aire, te introducías sensiblemente en el escudo y te lanzaba hacia fuera, cuanto más intentabas introducirte, más lejos salías despedido. Durante años y años se intentó atravesar los escudos con fuego, explosivos, cargas de plasma, electricidad, sin ningún resultado. Cuanta más energía se empleaba en intentar destruirlos o debilitarlos más fuertes se hacían y a su vez menos energía debían emplear en el interior de los países protegidos por los escudos para su mantenimiento. Fue el sistema de defensa más revolucionario y exitoso de la carrera armamentística del hombre moderno y a la larga el más catastrófico en la historia de la humanidad. La energía que este dispositivo requería debía ser constante, pero al cabo de ciento cincuenta años la exigencia energética comenzó a aumentar. Su creador había muerto muchos años atrás y dada su infalibilidad durante tanto tiempo nadie se había aventurado a mantener que el estudio sobre el sistema en cuestión fuese necesario, simplemente lo mantenían y supervisaban una serie de técnicos que poco sabían en el fondo del complejo sistema de propagación de los escudos.

Asimismo al cabo de dos generaciones, de entre los científicos elegidos como candidatos a tener descendencia, se había excluido por completo a los estudiosos de los campos de fuerza y la antimateria. Las necesidades inmediatas premiaban sobre los posibles avances de un futuro que nadie sabía con certeza si llegaría realmente. Por todo estos hechos, una vez los escudos comenzaron a absorber más energía de la que se tenía prevista nadie supo averiguar el por qué de este hecho y por supuesto nadie supo como resolverlo, por lo que se decidió seguir manteniéndolos, pese al enorme gasto que supondría en previsión de un mal mayor si estos se desconectaban. La energía se restringió de otras fuentes de consumo, declaradas entonces como secundarias. Fue en ese punto cuando todo comenzó a empeorar dentro de los países ya no tan prósperos.

No obstante el cuarto país que decidió no emplear sus defensas contra las poblaciones necesitadas no corrió mejor suerte. Pese a su lejanía respecto a estos países, se vió invadido por mucha más gente de la que debió prever su gobierno, que contemplaría su alejamiento geográfico como una ventaja a la hora de no recibir las enormes migraciones que los otros países sufrían. No fue así. Se intentó realizar un reparto adecuado, pero muchos de los foráneos vieron esto como un ultraje a sus esfuerzos de haberles robado a su vez a todos esos pueblos durante tantos años los recursos que ahora se querían repartir. Las dos facciones en las que se subdividió el país se enfrentaron en revueltas que acabaron con la eliminación de casi la totalidad de la población al hacer detonar el líder radical de los foráneos un dispositivo de pulso vital, una bomba que nadie se había atrevido a probar nunca y que en teoría provocaba la muerte biológica a cualquier ser vivo en un radio limitado pero desconocido. Este artefacto fue uno de los últimos avances en la carrera de armamento y que como muchos otros, nadie pensó en que se llegaría a utilizar en un conflicto real, pero cuando se tiene un arma se acaba utilizando, ese es su fin, ser usada pese a quien pese. Es lógico pensar que lo último en lo que pensó aquel hombre antes de detonar la bomba fue en ese razonamiento tan absurdo y común en el hombre: “O para mí, o para nadie”...

martes, 7 de febrero de 2012

Tv: Luther Temporada 1

Las series inglesas comienzan a tener su hueco en el panorama internacional apostando por la solidez de sus guiones y una puesta en escena sobria, pulcra y cuidada con personajes interesantes. Hoy otro ejemplo de este virtuosismo.

LUTHER TEMPORADA 1 de Neil Cross: ***1/2

Ya comenté hace tiempo las virtudes de SHERLOCK, también producida por la BBC y ahora toca otro tipo de variante policíaca con el imponente Idris Elba, inolvidable Stringer Bell de THE WIRE, como protagonista. Género negro en clave realista que presenta casos independientes unidos por las relaciones que interconectan a su protagonista, Luther, con su mundo exterior e interior en un juego de poderes atractivo y conseguido. Un puzzle emocional para con su mujer, el nuevo amante de esta, sus colegas, su jefa o Alice, la pieza más interesante de todas, culpable del primer caso que vemos resolver al detective pero a la que no consigue atrapar, manteniendo desde ese instante con ella una relación malsana, intrincada, compleja y fascinante en la mejor línea de Hannibal Lecter y Clarice Starlin pero a la inversa.

Durante tan solo seis magníficos episodios su creador Neil Cross construye una trama que pese a lo manido del género en el que se mueve consigue sostener sus piezas gracias al descarnado sentido de la narración que se nos impone. Quizás el ocasional deslizamiento hacia cierto efectismo -sobre todo en su tramo final- al estilo americano o la acumulación de asesinos en serie por metro cuadrado pueda jugar algo en su contra, pero la potencia de sus interpretaciones y la complejidad de unos caracteres escritos con sobriedad y cuyas acciones no chirrían dentro del conjunto son suficientes méritos como para complacer a cualquier espectador ávido de series con personalidad y factura impecable. Amén de un cliffhanger final de temporada realmente intenso que deja con ganas de más.

sábado, 4 de febrero de 2012

Cómic: Extramuros

Hoy reseña/comentario/crítica de EXTRAMUROS de Santiago Valenzuela, volumen cuarto de la saga LAS AVENTURAS DEL CAPITÁN TORREZNO. 

EXTRAMUROS de Santiago Valenzuela: ****

La lectura de las aventuras del Capitán Torrezno me resulta a cada nuevo volumen más fascinante y atractiva, un logro que tras cuatro libros uno empieza a tener miedo se volatilice y deje coja la continuidad de una de las sagas más asombrosas del tebeo nacional contemporáneo. El desbordante ejercicio de imaginación y pulso narrativo que despliega Valenzuela en este cuarto tomo ratifica, si no era ya de sobra evidente con los anteriores, que su capacidad para sorprender al lector va más allá de un brillante arranque sobre una premisa original y ambiciosa alargada un par de cientos de páginas. A estas alturas la coincidencia y el azar ya no son compatibles con las mieles resplandecientes de un universo en el que campan a sus anchas los ecos medievales y renacentistas mezclados con proyectos científicos misteriosos, teorías conspiranoides, las desventuras sin tregua de un protagonista tan castizo como ingenioso o las incontables referencias a la cultura popular de la más diversa índole, desde STAR WARS, pasando por EL SEÑOR DE LOS ANILLOS hasta otras tan intrincadas y personales que es mejor dejar a cada uno las posibles conexiones. Aunque si hay una que conecta en esta entrega directamente con la infancia y la sensibilidad del que suscribe es la de crear un estado independiente y neutral que se lucra negociando bienes con ambos bandos del conflicto sobre una maqueta de Ibertrén. Entre este detalle genial y las referencias a la Renfe, Valenzuela se ha vuelto a ganar mi corazón.

Mi mente la tiene de sobra atrapada, cual cubo de Rubik en viñetas, con el crisol temático que mantiene más burbujeante que nunca en este EXTRAMUROS, cobrando cada vez más presencia y quizás futura importancia capital los resquicios de un control y supervisión secretos del mundo anidado en el sótano de la calle Valverde. Ponent mantiene su pulcra edición en rústica para con la serie nacional más absorbente y adictiva que ha caído en mis manos.
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