viernes, 23 de mayo de 2014

Votar o no votar, he aquí la cuestión...

Hace tiempo que un par de buenos amigos me introdujeron en el riego sanguíneo el fluido liberal y cuanto más leo, descubro y razono las claves de este pensamiento, más me reafirmo en que es la única solución posible a los males endémicos de un estado de tamaño elefantiásico y peligrosamente controlador. Uno de ellos me ha ayudado a redactar el siguiente texto.

VOTAR O NO VOTAR, HE AQUÍ LA CUESTIÓN...

Llegado el momento de ejercer el derecho al voto, independientemente del evento a considerar, es interesante reflexionar un poco acerca de las ventajas de ejercerlo. Intentaremos no aburrirles con pesadeces etimológicas y esperamos hacerles partícipes al menos de algunas de las cuestiones que nos inquietan, ya que reflexionar en voz alta -y escrita- sobre ellas es, creemos, el mejor camino para clarificarlas y hacerlas llegar a otros con la esperanza de que se propaguen y quizás si se comparten razonadamente comiencen a formar parte del pensamiento de más gente, o al menos planten la semilla de la duda en creencias que nunca deberían ser absolutas.

Lo primero es asumir ciegamente que vivimos en esa "democracia" que nos venden los medios y la historia reciente de nuestro país, azuzándonos con los fantasmas de la Guerra Civil, los relatos agiográficos de unos supuestos héroes de la transición y demás zarandajas que solo se mantienen y refuerzan desde todos y cada uno de los poderes fácticos con el único objetivo del atrincheramiento en el poder de la oligarquía bicéfala (familia, amigos, correligionarios, y allegados muchos) que dice representarnos, legitimada por esa supuesta democracia en cuyos pilares maestros se mean a diario, pero que solo vive interesada en sacar tajada del dinero público. Por lo que el problema real y palpable que tenemos ahora es un simple caso de corrupción e incompetencia generalizada en todo el espectro político. Cualquier gobierno honrado y eficaz que redujese la maquinaría del estado e invirtiese de forma eficaz podría ser una solución viable, o al menos una mejora sustancial.

Quizás la democracia representativa sea el menos malo de los sistemas de gobierno, pero la realidad social que palpamos cada día los que vivimos a pié de calle nos indica que ni de lejos funciona con la firmeza que propugna a nivel teórico. El hastío popular acerca de la ya abiertamente conocida como "casta parasitaria", unos personajes que viven como pachás a cuenta del dinero de nuestros impuestos, trabajando poco, ganando mucho, disfrutando de prebendas y ocupándose tan solo de sus propios intereses, y que al parecer no tienen suficiente con eso, sino que se dedican al mangoneo profesional, al latrocinio, la corrupción y a ser imputados en mil y un procesos por irregularidades legales, todas ellas relativas a la apropiación de dinero, dinero y más dinero público, no deja lugar a dudas. Esta oligarquía que nos gobierna, gente que es inútil para la vida civil y que necesitan los cargos que ejercen para vivir, de ahí que los enlacen, acumulen y se aferren a ellos como cucarachas es un tema de fondo a evitar: el político profesional. Si la democracia representativa facilita que estos seres campen y pululen a sus anchas sin nada que temer pues ellos mismos propician los aforamientos, los indultos o las aprobaciones de leyes pertinentes para que ninguno o el mínimo castigo sea su dudosa reprimenda, es que la democracia representativa necesita urgentemente una puesta a punto. En la situación en la que estamos se diluyen las diferencias ideológicas y ​creo que todo el mundo puede estar de acuerdo, modelo de estado aparte, en que una reducción de puestos inútiles y limpieza con lanzallamas son necesarios, eliminar de la ecuación a un ladrón o a un inútil no necesita discusión ideológica. Y tenemos muchos de los unos y los otros en el gobierno.

Tampoco creo que hayamos llegado al punto del borrón y cuenta nueva, pues La Constitución como documento es mayoritariamente satisfactorio, aunque lo sea actualmente solo de forma testimonial, pero añadirle un techo de deuda no le iría nada mal. La facilidad con la que proliferan decretos ley, crece el BOE, se enrevesa y multiplica la burocracia y se tergiversan las infinitas legislaciones, va de la mano con la inoperancia de la justicia así como el mantenimiento -e incremento- del oceánico tamaño de un estado que colapsa ya sus deudas externas a límites que no se veían desde hace 100 años y que manipula más del 50% del dinero en movimiento del país, aparte de quedarse a través de impuestos directos e indirectos aproximadamente el 60% de la riqueza que producen todos los trabajadores. 

Espero que nadie alegue falta de opciones a causa del bipartidismo que nos asola desde la idealizada transición, pues más allá del PPSOE las manifestaciones democraticamente representativas comienzan a aflorar con ganas y posibilidades de ofrecer al menos cierta esperanza a un pueblo dócil e influenciable, pero no tanto. Opciones hay muchas, y algunas incluso son respetables. Y si me apuran hasta alguna hay ideal, que es la que algunos defendemos como un sistema de traza liberal (no confundir con "recetas neo-liberales" y demás jeringonza "neo-liberal" tan de moda para atacar las cojeras económicas del país, ya que nunca hemos sido liberales en España si atendemos al creciente tamaño su aparato estatal desde la transición, así que menos todavía neo-liberales -es una cuestión de lógica, no se puede ser neo-algo sin haber sido antes ese algo a secas-, término erróneamente empleado como muchos otros pero asimilado sin problemas por los voceros de turno con intereses propios más que nacionales) por lo menos hasta llegar al 60-30% del PIB al que iríamos todos de la mano y luego ya veríamos quien sigue y quien se planta.

Otra cosa muy típica es mezclar democracia con una especie de mezcolanza de todo lo que se consideran ideas tolerantes, progresistas y demás. Una democracia es un sistema en el que los puestos de poder se eligen por sufragio, punto. Luego, ser tolerante, integrador, eficaz, y demás asuntos son adjetivos propios de un buen gobierno, o de un buen ciudadano, pero no tienen por qué ser sinónimos de un sistema que se define por parámetros de elección de sus representantes. En perfectas democracias se pueden hacer cosas horribles y hay dictaduras eficaces que incluso podrían llegar a considerase benevolentes.

Quizás el punto clave sea el estado de salud de nuestras instituciones, el respeto por parte de la ciudadanía hacia las mismas, su eficacia, etc. De ésto se habla poco y es básico. Para que una democracia funcione es fundamental una apropiada separación de poderes y unas instituciones independientes y funcionales. Y no las tenemos. Ahogada en un mar infinito de legislación, la Justicia Española (destacando el reparto de la tarta del Consejo General del Poder Judicial que puede ser una de las máximas traiciones al pueblo español desde 1978) necesita una modernización inmediata para lograr hacerla garante, pero sobretodo eficaz. No hay sociedad moderna si no hay un árbitro que se asegure que las relaciones de todo tipo son conforme a derecho y que los culpables son castigados, justamente sí, pero sobretodo antes que el afectado se haya suicidado acuciado por la minuta de sus abogados o en caso de tener dinero pueda alargar los procesos hasta que prescriban. Está bien que la justicia sea gratuita, o al menos que el dinero no sea una barrera para exigir derechos, pero al final si todos tenemos derecho a un juicio eterno por cualquier cosa, nadie obtiene justicia.

​Al final todo se basa en simplificar aquello que es caro e inoperante, estado, justicia, política, etc... Y cada vez que llegan unas elecciones tenemos la posibilidad de inclinar infinitesimalmente, pero inclinar a fin de cuentas, la balanza de nuestros deseos para el país hacia el lado (y no hay solo dos) que más coincida con ellos. Si no aportamos nuestro granito de arena es que todo lo que pasa a nuestro alrededor nos da más o menos igual y no deseamos formar parte de algo que puede cambiar el mundo a mejor, así que supongo que la pregunta es; ¿Quien no quiere un mundo mejor?

Texto: Alvaro Basallo e Ignacio Garrido

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